Gabriel y la paranoia: España es un país más seguro que los demás y con penas más duras

Gabriel y la paranoia: España es un país más seguro que los demás y con penas más duras

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El trágico crimen de Gabriel, el menor de edad raptado y hallado muerto mientras su madrastra trasladaba su cadáver en el maletero de su coche, ha reabierto un debate largamente avivado desde medios de comunicación y estamentos políticos: la cadena perpetua revisable. Ahora bien, ¿es necesaria o, tan siquiera, es oportuno que una cuestión tan grave se debata a golpe de efecto mediático? Lo sea o no, hay ciertos datos que contextualizan su urgencia.

Menos homicidios. De forma tradicional, la perpetua revisable surge a cada homicidio u asesinato que alcanza a los medios y se convierte en una particular serpiente veraniega. ¿Pero qué dice el cuadro general? España registró 310 homicidios en 2017. Pueden parecer muchos, pero no tantos si los comparamos con la población: dos años antes, la tasa se situó en 0,66 homicidios por 100.000 habitantes. Es una cifra bajísima, situada a la cola no sólo de Europa, sino de todo el planeta.

Hablemos de Occidente. ¿Suiza? 0,69 homicidios 100.000 habitantes. ¿Italia? 0,78. ¿Islandia o Nueva Zelanda, cuyo liderazgo en los índices de desarrollo humano es indisputado? 0,91. ¿Portugal, el vecino más similar? 0,98. Francia, Finlandia y Canadá oscilan entre los 1,58 y los 1,68; Bélgica se dispara a los 1,95; y Estados Unidos se marcha a unos excepcionales 4,88. En nuestro entorno, sólo Irlanda, Países Bajos y Noruega (además de Japón) están ligeramente por debajo.

El mundo es violento. España no. Todas las cifras anteriores palidecen cuando las comparamos con la mayor parte del planeta, no con sus zonas más desarrolladas. Argentina, Uruguay y Chile, tradicionalmente considerados los países más avanzados de Sudamérica, cuentan con tasas de homicidios de 6,53, 8,42 y 3,59 respectivamente. Qué decir de México, que registró 29.000 homicidios el año pasado y cuya tasa global se ubicaba en los 16,35 en 2015.

Penas muy duras. Lo vimos en su momento: España tiene penas duras. Muy duras. Las progresivas reformas aplicadas al Código Penal de 1995 han endurecido los criterios para reducir penas y ha elevado los límites de cumplimiento de condenas. Un asesino o un violador tiene más probabilidades de pasar más tiempo en la cárcel hoy que en 1975, cuando hubiera sido condenado en base al Código Penal franquista, paradójicamente menos riguroso que el actual.

La permanente. El ejemplo más paradigmático de todo ello es la permanente revisable: aprobada en 2015, y aún en pleno debate político y mediático, la condena eleva el mínimo a cumplir a los 25 años, y la revisión de la pena puede congelarse hasta los 35. En ningún país de Europa es tan severa: Alemania revisa a los 15, Francia a los 18, Suecia a los 18 y Finlandia a los 12. Los cuatro países tienen índices de criminalidad más altos que España, pero penas más leves.

Y muchos presos. La mezcla de los factores depara un resultado singular: España tiene muy pocos crímenes en comparación a su entorno pero más presos que nadie. La población carcelaria supera las 60.000 personas, un 32% por encima del promedio europeo pese a que los crímenes están un 27% por debajo, fruto de penas más largas y sujetas a condiciones más duras. España es un país seguro y muy duro con sus criminales. Pese a todo, se sumerge en la paranoia a cada crimen mediático.

Imagen | Gtres

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