La guerra comercial abierta por Trump podría ser una derrota para todos. Incluido Trump

La guerra comercial abierta por Trump podría ser una derrota para todos. Incluido Trump

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Donald Trump lo tenía claro desde su campaña electoral: Estados Unidos estaba perdiendo. Y necesitaba ganar. Qué mejor forma de lograrlo que mediante una guerra comercial. En dos semanas, el país impondrá aranceles a las importaciones de acero y de aluminio. La decisión, anunciada a bombo y platillo por Trump e interpretada como un guiño a su base electoral del medio oeste, podría tener importantes consecuencias en el futuro de la economía global. Para todos.

Los aranceles. Hasta ahora, Trump había aprobado otras medidas de carácter proteccionista, pero ninguna tan simbólica como el acero. Un 25% para las importaciones de tan universal metal y un 10% arancelario para aquellas de acero. Tras un impás inicial, México y Canadá (dos de los principales exportadores a Estados Unidos) quedarán al margen de la medida con vistas a renegociar los términos de NAFTA, el tratado comercial que Trump busca apañar a su mayor beneficio.

Los países más afectados son Brasil, Corea del Sur, Rusia o Taiwán, además de la Unión Europea al completo, la principal exportadora a Estados Unidos.

¿Y China? Es llamativa su ausencia, principal enemigo comercial de EEUU. Es el primer productor mundial de acero, y ha sido acusado por otros socios de la Organización Mundial del Comercio de inundar el mercado artificialmente para bajar precios. Los aranceles, sin embargo, no le afectarán: vende muy poco a EEUU. Es probable que los países afectados emitan una queja en la OMC, dado que la medida es arbitraria e irregular. No está claro que prospere.

Un futuro imprvisible. Lo que nos depara un escenario incierto, en el que casi todos los países implicados tendrán incentivos para responder con otros aranceles y medidas proteccionistas. China ha criticado la medida. Alemania y Francia, especialmente esta última, han sido duras. Juncker, el presidente de la Comisión Europea, ya ha divagado con posibles aranceles a productos como las Harley Davidson o el bourbon. Una escalada progresiva que podría romper las reglas tradicionales del libre comercio.

Los porqués. Para Trump los incentivos son otros. Cabrear a sus principales socios comerciales es secundario si, a cambio, logra moldear la imagen de "America First" acuñada en su discurso inaugural. En Estados Unidos el acero es simbólico: representa la epopeya dorada de la América industrial, y su larga, posterior decadencia. Protegerlo implica guiñar el ojo a sus descontentos votantes de cuello azul de los antiguos estados industriales a meses vista de las midterms.

Son los célebres "perdedores de la globalización" de los que tanto se habló en 2016. Para ellos y para la industria del acero estadounidense el arancel es una victoria.

Pero sólo para ellos. El problema, sin embargo, es que sus prioridades quizá no se alineen con las necesidades de la economía americana. Sectores como la automoción, los astilleros, los fabricantes de alta tecnología o los constructores, muy dependientes de las importaciones de acero a buen precio, se verán muy afectados. El coste se lo pasarán a sus consumidores. La economía no lo necesita y le perjudicará: sigue creciendo a un buen ritmo y el paro está en mínimos pese a los salarios estancados.

Imagen | Třinecké železárny/Wikipedia

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