Nueva York acaba de regalar un argumento de oro al taxi en su lucha contra Uber: los atascos

Nueva York acaba de regalar un argumento de oro al taxi en su lucha contra Uber: los atascos

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Tras años de fuerte implantación y crecimiento, Nueva York acaba de decir "basta" a Uber, Lyft y otros servicios de transporte bajo demanda. El ayuntamiento de la ciudad ha congelado durante doce meses la expedición de licencias a nuevos vehículos, limitando en la práctica la abultada oferta que los servicios tecnológicos habían introducido en la ciudad durante casi una década. El número de taxis que opera hoy en Nueva York seguirá siendo el mismo en agosto de 2019: 100.000.

¿Por qué? He aquí lo interesante. Cuando hace dos años el alcalde neoyorquino, Bill de Blasio, buscó una forma de regularizar Uber se topó con un argumento casi inapelable: sus servicios ofrecía una alternativa vital para muchas comunidades abandonadas donde los taxis jamás se adentraban y que sufrían las consecuencias de un transporte público diseñado desde la segregación. Al introducir la cuestión racial y minoritaria, Uber y compañía salvaron la bola de partido.

Ahora la historia es distinta. Nueva York, cerciorada por los sindicatos de taxis tradicionales de que tal circunstancia dejaría de ser un problema, encontró otro ángulo: los atascos. Y desde el punto de vista de la movilidad urbana y la sostenibilidad ganó la batalla política y mediática.

¿Cómo? La decisión no impide a Uber o a Lyft seguir operando en la ciudad, sino que capa su crecimiento. Hay alrededor de 80.000 vehículos asociados a las aplicaciones, por 20.000 taxis de toda la vida. En gran medida representa el primer varapalo para Uber, compañía salpicada de escándalos que han dinamitado su imagen pública durante los últimos años, porque elimina toda escalabilidad de su proyecto, elemento crucial para seguir obteniendo financiación.

Otras ciudades como Seattle o San Francisco se han planteado lo mismo.

¿Quién lleva razón? Hay numerosos informes y estudios que ilustran cómo Uber induce al demanda de vehículos en las calles, lo que provoca que haya más coches, y no menos, circulando por Nueva York. A largo plazo es una receta infalible para generar más atascos. Además, se sabe que Uber y las demás aplicaciones logran detraer de usuarios al transporte público, redundando en más problemas de congestión (a los que Nueva York, obviamente, jamás ha sido ajenos).

Uber y Lyft argumentan con acierto que el problema de la congestión en las grandes ciudades estadounidenses no es suyo, sino del vehículo privado. Algunos estudios incluso apuntan a que logran descender el tráfico. Y llevan razón: la limitación de licencias no va a contribuir a erradicar o aliviar una cuestión a gran escala gestada a lo largo de todo un siglo. Su papel es marginal, pero suficiente, según Nueva York, para ponerle coto: al fin y al cabo el ajuste forzado de la oferta y la demanda es lo que provoca que existieran las licencias de taxis originales

Es el espacio público lo que está en juego, y ahí prima la decisión de la ciudad.

¿Qué más? Hay otras medidas interesantes incluidas en la reforma de Nueva York. Por ejemplo: todos los conductores, ya pertenezcan al sindicato de taxis o a las aplicaciones de la nueva economía, tendrán que cobrar 17 dólares la hora. Está por encima del célebre eslogan que asociaciones por el salario mínimo reivindican por todo el país, por lo que es una buena noticia para los trabajadores. También introduce nuevos mecanismos de supervisión que obligarán a todas las grandes operadoras a explicar a la ciudad cuánto ganan por trayecto anualmente.

¿Ejemplo a seguir? En Estados Unidos puede que sí. Las condiciones de sus conductores, la beligerancia del sector del taxi, los evidentes retos que plantea al urbanismo y la caída de su reputación ha provocado que casi todas las grandes urbes quieran meter mano a Uber y Lyft. En España la iniciativa proviene de determinados grupos políticos y, sobre todo, de un sector del taxi muy movilizado que ha paralizados sus servicios durante dos días este verano.

Ante todo, Nueva York ha entregado un argumento de oro para los taxistas españoles y de todo el mundo. Uno, además, que encaja bien en las reivindicaciones habituales de los movimientos verdes y del urbanismo sostenible: el espacio de la ciudad no puede quedar hipotecado al coche. Y Uber y Cabify significan más coches en la calzada. Ahora bien, la decisión neoyorquina durará un año y sólo impone una barrera temporal. La victoria de taxi es relativa en extremo.

Imagen: Bertrand Combaldieu/AP

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