Un aeropuerto italiano ha puesto fin a tanta sinrazón y ya deja meter botes de pesto en los aviones

Un aeropuerto italiano ha puesto fin a tanta sinrazón y ya deja meter botes de pesto en los aviones
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Cansados de soportar amargas quejas en los puestos de control, de observar alicaídas caras y profundas decepciones frente a las puertas de embarque, de apelotonar botes de pesto a la entrada de la terminal, los responsables del Aeropuerto de Génova han decidido poner fin al absurdo: desde el 1 de junio, todos sus felices pasajeros se pueden llevar un botecito a casa.

El asunto es bastante singular, dado que todos los botes de pesto están repletos de un preciado aceite de jugoso sabor que supera con mucho los 100 mililitros establecidos por el reglamento internacional. La medida, adoptada durante la pasada década en el contexto de la revolución en seguridad de los vuelos comerciales, es la responsable de que ya no puedas llevarte tu colonia o pasta de dientes allá donde vueles.

Y si bien a nadie se le caen los anillos por dejarse su Colgate en casa, otro asunto era el turismo gastronómico: para regiones que pudieran depender de elementos líquidos degustables por los siempre codiciados turistas, la regulación existente era un fastidio. En la Liguria, una región célebre por su buen comer y por la salsa verde que tanto acompaña a las más diversas pastas, implicaba reducir el alcance comercial de uno de sus productos locales estrella. ¿Solución?

Queremos nuestro pesto y lo queremos en casa

Pese a que las normas de seguridad tienden a ser globales, los aeropuertos se gestionan independientemente por la autoridad pertinente de cada país, y tienen cierto margen de maniobra. De modo que conscientes de la potencial popularidad de su decisión, los directores del Aeropuerto de Génova lanzaron el 1 de junio una campaña llamada "Il pesto è buono" para promocionarlo.

Resultado: desde su puesta en marcha, más de 500 botecitos de pesto han pasado los controles de la policía aeroportuaria con éxito. El preciado elemento se enfrenta antes a un escáner previo, y de no contener ningún añadido sospechoso (potencialmente explosivo) acompaña a su feliz poseedor en su bolsa de mano o maleta. Era tan sencillo como eso.

La idea, además, tiene fines benéficos. Pasar el pesto por la aduana tiene una tarifa solidaria impuesta por el Aeropuerto de Génova, que pueden ascender hasta los 50 céntimos de euro (el límite máximo permitido sin facturar son 500 gramos de pesto). Lo recaudado se donará a Flying Angels, una compañía dedicada al transporte de niños enfermos por todo el mundo en aras de curar sus enfermedades.

Pesto "Rápido, cómete todo antes de que venga el agente de seguridad". (James Stutton/Unsplash)

Génova se suma así a la corta lista de aeropuertos que interpretan de forma laxa las normativas de seguridad y permiten a sus pasajeros llevarse productos líquidos de renombre internacional. Un ejemplo cercano lo vivimos en España cuando el Aeropuerto de Palma de Mallorca, con permiso de AENA y bajo supervisión de la Guardia Civil, comenzó a permitir el transporte en cabina de ensaimadas rellenas (por la crema) y de botes de sobrasada.

Otros aeropuertos habían llevado a cabo decisiones similares con productos tan dispares y sabrosos como las ensaimadas o el foie gras

La historia era similar a la del pesto: las restrictivas y muy indecorosas reglas de seguridad de los aeropuertos, que siempre varían en intensidad en función del país al que viajes (buena suerte sacando nada líquido de Reino Unido que esté sin facturar), hacían que un montón de típicas ensaimadas, uno de los productos baleares más preciados, se quedaran a las puertas. Era crema, pero era lo suficientemente líquida como para que se considerara un peligro.

Se daba la circunstancia de que pese a que las ensaimadas sin crema sí estaban permitidas (eran sólidas) sus envoltorios y cajas debían ser abiertos para comprobar que no tuvieran crema, con el consecuente engorro, enfado y resignación de los viajantes, que desistían de adquirir productos fuera del aeropuerto. En Francia hubo medidas parecidas con el queso líquido o el foie gras.

Debemos replantearnos la política de seguridad en aeropuertos

¿Pero por qué tanta precaución? La historia de Mallorca data de 2006, el año en que sucedió un hecho que cambiaría el modo en el que viajamos para siempre.

Una década atrás, las autoridades británicas descubrieron una trama terrorista para volar un viaje transatlántico utilizando explosivos líquidos escondidos en bebidas de toda condición. Aunque fue desmantelada y debidamente juzgada, la cuestión alarmó a los responsables de la seguridad aeropuertoaria, que al albur del Liquid Bomb Plot impulsaron medidas aún más extremas (recrudecidas tras el 11-S) para extremar las precauciones.

Aeropuerto Viajar a un aeropuerto se ha convertido en una pesadilla. (Erez Attias/Unsplash)

El resultado fue una prohibición de líquidos superiores a 100 mililitros en casi todos los aeropuertos del mundo occidental, impulsada desde Gran Bretaña y recogida por la Comisión Europea en este código de aplicación para todos los estados miembros. Desde entonces, viajar se convirtió en algo un poquito más incómodo: más controles, menos posibilidades de transportar botellas de alcohol, salsas o productos líquidos de cualquier tipo y, en teoría, más seguridad.

¿Qué ha sucedido diez años después? Ahora que la actividad terrorista parece muy lejos de los aviones y se centra en acciones mucho menos sofisticadas pero igual de letales algunas tribunas han comenzado a plantearse si no nos hemos pasado durante toda una década.

En origen, como reconoce la propia Comisión Europea, la norma era provisional: las colas y los retrasos se hicieron tan frecuentes durante el verano de 2006 que las compañías rápidamente comenzaron a implantar tecnología punta para escanear rápidamente equipajes, dispositivos electrónicos y líquidos. La idea era retirar la restricción una vez la tecnología se implantara. Lo segundo sucedió, pero lo primero, como muchas otras medidas que cambian pomposamente libertad por seguridad, no.

Aeropuerto 2 Aeropuerto libre de pesto. (chuttersnap/Unsplash)

Con el paso del tiempo, tanto las reglas estadounidenses como las europeas se han relajado. Ahora es posible introducir líquidos en bolsas herméticamente cerradas... Que prácticamente nadie lleva, y que son poco útiles cuando vas de viaje y, cuestiones del apetito, decides comprar una botella de aceite virgen en una tienda local. Y aquella medida temporal nos ha acompañado hasta hoy, incidiendo, como se argumenta aquí, en un estado de sospecha y alarma permanente y poco acogedor.

Y quizá práctico: ¿qué pasa si un terrorista decide utilizar algunas de las excepciones para transportar su líquido explosivo, como por ejemplo la leche para el bebé? ¿O si opta por repartirlo en diez botecitos menores de 100 mililitros? La lucha contra los explosivos se ha convertido en una lucha contra todos los líquidos (incluido el pesto), lo cual enfurece, con razón, a muchos pasajeros.

Diez años después, en Génova han utilizado una campaña publicitaria para poner fin a una medida que debía ser temporal. La cuestión es cuántos productos típicos necesitaremos para debatir sobre su utilidad.

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