La historia de la carta más bestia jamás escrita, la que los cosacos rusos enviaron al sultán otomano

La historia de la carta más bestia jamás escrita, la que los cosacos rusos enviaron al sultán otomano

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Se abre el telón: un grupo de alborotados cosacos debaten sobre los términos de respuesta a una carta remitida por el sultán otomano. La escena es pintoresca: decenas de ellos, ataviados con los trajes más variopintos que uno pueda imaginar, pleitean y gesticulan de forma escandalosa tratando de hacer entender sus razones. Pareciera que los cosacos debatieran un asunto profundo, de serias implicaciones, formal, una cuestión que merece la reflexión y el acuerdo del alto estado.

Se cierra el telón. ¿Cómo se llama la película? Cosacos zapórogos escribiendo una carta al Sultán, o La respuesta de los cosacos zapórogos, uno de los cuadros más emblemáticos del pintor romántico Ilya Repin y, a la sazón, la obra pictórica más destacada de la historia de Ucrania y una de las más relevantes de la rusa.

La calidad del cuadro, como todos los de Repin, haría de la obra por sí misma interesante y digna de mención, pero lo realmente divertido se esconde en la intrahistoria: la detallada escena no revela una cuestión de histórica trascendencia afrontada con la mayor de las diligencias diplomáticas, sino uno de los trolleos mitológicos más destacados de la historia de Europa. Un in your face tan antológico como fruto de leyenda.

Tráteme de usted, soy mucho mejor que vos

La historia nos retrasa al siglo XVII, una época en la que Rusia, lejos de ser la entidad estatal omnisciente de su futuro, aún no había limitado sus actuales fronteras. Lejos de los dominios de los estados polaco-lituanos y rusos, en las estepas salvajes de Ucrania escasamente habitadas, grupos nómadas y habituados a la guerra hacían suyo el territorio, vivían en cierta armonía autónoma y aplicaban sus singulares leyes, adoptadas de forma horizontal, al margen de los imperios.

Aquel variopinto grupo de eslavos que tan pronto se ponían al servicio del otomano como del ruso eran los cosacos, gentes célebres por sus dotes guerreras a caballo y, por aquel entonces, aún no plenamente asimilados dentro del gigantesco poder de Moscú.

Mehmed "Hacedme caso, jo", planteó Mehmed IV.

La escena que pintó Repin ilustra un singular momento en la historia de la relación de los cosacos y de los zares rusos: el momento en el que despachan por completo la solicitud del sultán otomano, clásico enemigo de la Rusia moderna, para que cesen en sus constantes raids y pillajes al sultanato. Por aquel entonces, la actual Ucrania era un cruce de fronteras disputada por el poder otomano y ruso, uno que, a la larga, quedaría decantado en favor del poder eslavo y no del musulmán.

Pero esperanzado en poder adueñarse de aquel territorio, el sultán Mehmed IV escribió la siguiente carta a los cosacos que la habitaban:

Como Sultán, hijo de Mahoma; hermano del sol y de la luna; nieto y virrey de Dios, gobernante de los reinos de Macedonia, Babilonia, Jerusalén, Alto y Bajo Egipto, emperador de emperadores, soberano de soberanos, extraordinario caballero, nunca derrotado; firme guardián de la tumba de Jesucristo, delegado del poder divino, esperanza y confortador de los musulmanes, confundidor y gran defensor de los cristianos.... Les ordeno, cosacos zapórogos, a someterse a mí voluntariamente sin resistencia alguna, y cesar de molestarme con vuestros ataques.

Digno, magnífico, epopéyico. Clásico.

"El demonio caga y tu ejército lo traga"

Dado el carácter mitológico de la historia de cualquier nación, uno podría esperar un tono grave, serio, muy histórico, subido de épica y leyenda en la respuesta de los cosacos. Pero la parte divertida de la historia es esa: que la carta es, ante todo, una broma gigantesca, una falta de respeto barriobajera y descarada de los cosacos al sultán, a los que cabe imaginar rodeados de licores y desternillados ante las banales amenazas del sultán al que tanto estaban martirizando.

La leyenda cuenta que su réplica fue así de vulgar, repleta de insultos arcanos que enorgullecerían a los más vetustos ideólogos de la RAE:

¡Cosacos zapórogos al sultán turco!

Oh sultán, demonio turco, hermano maldito del demonio, amigo y secretario del mismo Lucifer. ¿Qué clase de caballero del demonio eres que no puedes matar un erizo con tu culo desnudo?. El demonio caga, y tu ejército lo traga. Jamás podrás, hijo de perra, hacer súbditos a hijos de cristianos; no tememos a tu ejército, te combatiremos por tierra y por mar, púdrete.

¡Sollastre babilónico, loco macedónico, cantinero de Jerusalén, follador de cabras de Alejandría, porquero del alto y bajo Egipto, cerdo armenio, ladrón de Podolia, catamita tártaro, verdugo de Kamyanéts, tonto de todo el mundo y el inframundo, idiota ante nuestro Dios, nieto de la serpiente y calambre en nuestros penes. Morro de cerdo, culo de yegua, perro de matadero, rostro del anticristianismo, folla a tu propia madre!

¡Por esto los zapórogos declaran, basura de bajo fondo, que nunca podrás apacentar ni a los cerdos de cristianos. Concluímos, como no sabemos la fecha ni poseemos calendario; la luna está en el cielo, es el año del Señor, el mismo día es aquí que allá, así que bésanos el culo!

Firmado: Koshovýi Otamán Iván Sirkó y toda la hueste zapóroga.

Aquel episodio tiene escasos vestigios de verosimilitud histórica, pero pasó a la historia de tal forma en el imaginario popular, y contribuyó a alimentar la leyenda de los cosacos (hoy una etnicidad y fuerza militar reconocida en la Federación Rusa) como un pueblo algo anárquico, bastante embrutecido, salvaje, zafio, orgulloso y temible. También unió los destinos del imperio ruso y de los cosacos zapórogos, que quedarían entonces al servicio de los intereses de los zares.

Illia "Espera, Mehmed, espera, que te respondemos".

Repin escuchó esta historia de la mano del historiador Dmytro Yavornytsky, que a su vez se había hecho con ella de la mano de un etnógrafo de la época a cuyo poder había llegado una supuesta copia de la carta reproducida en el siglo XVIII (el cuadro es de finales del siglo XIX). En fin, como quiera que la historia maravilló a Repin se lanzó a pintar el cuadro, posteriormente comprado por el zar Alejandro III para mayor gloria de San Petersburgo.

Hoy es historia viva de Ucrania (Repin era ucraniano) y de Rusia. Una muy divertida y edulcorada, claro: durante los años posteriores a los hechos detallados en el lienzo, los cosacos, almas independientes bastante reacias a la autoridad superlativa de los zares, se rebelaron en multitud de ocasiones hasta su definitiva domesticación.

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