Mapas isócronos: cuando medir los tiempos de un viaje a cualquier rincón del mundo era un arte

Mapas isócronos: cuando medir los tiempos de un viaje a cualquier rincón del mundo era un arte
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Hoy en día es muy sencillo saber cuánto tiempo vamos a tardar en llegar desde nuestra ciudad hasta, digamos, Vladivostok. Google Maps ofrece herramientas de todo tipo para descubrirlo, ya sea en automóvil, en tren o en avión. El mundo no está revestido del mismo misterio que lo engalanaba y lo hacía tan romántico en 1914. Entonces, a las puertas de la Primera Guerra Mundial, viajar continuaba siendo una auténtica odisea, una aventura que, en la mayor parte de los casos, requería de días.

¿De cuántos días? Era una pregunta que un ciudadano de a pie no podía responder. Para él, durante aquella época, se desarrollaron los mapas isócronos: atlas que diseccionaban y dividían el mundo en función del tiempo que tardaras en llegar a cualquier lugar. Así, viajar de Londres a Madrid tan sólo requería de cinco días, mientras que hacerlo de la capital londinense a Sidney implicaba más de cuarenta días. Los mapas isócronos no sólo eran obras de arte artesanales, sino retratos económicos del mundo. La distancia física no era relevante, sólo la tecnológica. Boston > El Cairo.

El mapa de más arriba es un ejemplo extraordinario de lo antes hablado. Recuperado recientemente por Intelligent Life, fue creado por John G. Bartholomew, cartógrafo real británico, y publicado en An Atlas of Economic Geography. El tomo servía como guía de educación del mundo para jóvenes estudiantes de clase acomodada, e incluía gran cantidad de mapas. Los había idiomáticos, de modo que los futuros comerciantes pudieran saber en qué lengua debían desempeñar sus transacciones en el futuro, y de enfermedades, de modo que los exploradores estuvieran al tanto de sus riesgos.

Y por supuesto, también los había isócronos.

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¿De qué servía saber que la lengua dominante en Indonesia era el neerlendés, por la preeminencia colonial de Países Bajos en las islas, si era imposible hacerse una idea de cuánto tiempo iba a costar llegar hasta Jakarta? De muy poco. De ahí la finalidad del mapa. En él se aprecia cómo Europa, que en 1914 ya estaba fuertemente conectada por el ferrocarril, ha quedado reducida al viaje de cinco días. Una ciudad antaño tan remota como Perm estaba al alcance de una semana de cualquier erudito de York, o incluso de cualquier intelectual francés de París. Hasta Estambul ya no era tan exótica.

Testigos de un mundo inaccesible y cambiante

Sin embargo, el mundo era aún en su mayor parte inaccesible a principios del siglo XX. Los mapas isócronos son de especial brillantez y utilidad en un tiempo de cambio, el del fin del mundo clásico y el inicio del moderno, cuando la creciente tecnología estaba acortando los tiempos de viaje. Con todo, lugares como la Patagonia, la Amazonia, el África Central o Australia quedaban a más de 40 días de viaje. Incluso zonas no tan remotas como la cordillera andina, Persia o Japón, se situaban entre los 20 y los 40 días de viaje. Conocer mundo era una odisea.

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Pero miremos cómo era la situación apenas tres décadas antes de la mano del mapa isócrono de Francis Galton, científico y aventurero pionero en esta técnica. Viajar hoy a Londres requiere más o menos del mismo tiempo (que no del mismo dinero) que en la década de los ochenta. Hemos perfeccionado la tecnología aeronáutica hasta ese nivel. Sin embargo, a finales del siglo XIX el mundo asistía entusiasmado a la expansión del ferrocarril. En el breve plazo de treinta años, la accesibilidad del planeta había aumentado de forma notoria.

Un ejemplo claro: Siberia. En el mapa de 1914, se tardan unos 10 días en llegar a Irkustk. En el de 1881, ¡casi 40! ¿Qué había pasado para semejante cambio? Respuesta fácil: el transiberiano. Eso sí, aún no conectaba a Vladivostok.

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Este último mapa se centra en el Imperio Austrohúngaro, y fue realizado por Albrecht Penck a imagen y semejanza del de Galton. Penck desarrolló la idea del mapa isócrono a múltiples niveles, tratando de ilustrar en muy diversos modos los tiempos de viaje desde la capital del Imperio, Viena, hacia el todos los rincones de tan vasta extensión. Inspirados por Penck, en Alternative Transport replicaron sus mapas de forma digital. El resultado no es tan encantador, pero mucho más legible. Representa 1912 en ferrocarril.

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Las ciudades: allí donde son más útiles hoy

Ya a principios del siglo XX, parte de los mapas isócronos comenzaron a centrarse en las ciudades. El que vemos más abajo representa los tiempos de viaje en transporte público en Melbourne, una de las ciudades australianas más importantes. En 1920, Melbourne ya contaba con un respetable tamaño, y aquí observamos una ilustración estupenda de los minutos que nos llevaría alcanzar los lugares más cercanos o lejanos del centro de la urbe. En el futuro, comenzarían a ser digitales.

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Este otro del Manchester de principios del siglo XX es igual de reseñable.

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En la actualidad, es fácil encontrar en Google mapas isócronos modernos. Son de gran eficiencia y utilidad para sus ciudadanos, porque la movilidad urbana se ha convertido en una de las grandes cuestiones municipales de todos los países. Así, por ejemplo, tenemos este de Múnich, en el que se miden de forma visual los tiempos para moverse con transporte público (metro) en la capital bávara.

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Viajar y sus tiempos: de 1914 a 2016

Por último, echemos un vistazo al trabajo comparativo que Rome2rio realizó en base al mapa de Bartholomew. Los autores del blog actualizaron, sobre las mismas líneas estéticas y cromáticas, el mundo ya olvidado de los hombres de principios del siglo XX. Cien años después, ningún lugar del mundo queda a más de dos días de viaje de Londres. Ni siquiera los confines del Sáhara o del desierto australiano. El tiempo se mide en horas, y cualquier gran ciudad del planeta está a menos de un día de distancia.

Los mapas isócronos han perdido parte su sentido.

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